martes, 24 de junio de 2014

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viernes, 31 de enero de 2014

la primera revolución industrial.

El cambio que se produce en la Historia Moderna de Europa por el cual se desencadena el paso desde una economía agraria y artesana a otra dominada por la industria y la mecanización es lo que denominamos Revolución Industrial. La denominada Revolución Industrial tuvo su origen en Gran Bretaña desde mediados del siglo XVIII. Los principales rasgos de la Revolución Industrial habría que clasificaros en tecnológicos, socio económicos y culturales. Los cambios tecnológicos incluyen los siguientes: el uso de nuevos materiales como son el hierro y el acero; de nuevas fuentes de energía como el carbón y nuevas fuerzas motrices como la máquina de vapor. Se inventarán nuevas máquinas para hilar o para tejer el telar mecánico que permiten un enorme incremento de la producción con un mínimo gasto de energía humana. También deben destacarse las importantes mejoras de los transportes trenes y barcos de vapor y la creciente interacción entre la ciencia y la industria. Estos cambios tecnológicos supondrán un vertiginoso incremento del uso de recursos naturales y de la producción en masa de bienes manufacturados. Fuera del campo industrial se producirán también importantes cambios: mejoras en la agricultura que hará posible el suministro de alimentos para una creciente población urbana, declive de la tierra como principal fuente de riqueza con el creciente papel que irán tomando la industria y el comercio internacional. Entre los cambios sociales y culturales son destacarles el crecimiento de la población urbana, el desarrollo de la llamada clase obrera y sus movimientos de protesta el movimiento obrero, el espectacular crecimiento de los conocimientos científicos y técnicos... Inicios de la Revolución Industrial. – Condiciones: – aumento de la producción agraria – mano de obra abundante – existencia de capital para invertir – expansión del comercio – innovaciones técnicas – mentalidad empresarial – marco político favorable.

lunes, 27 de enero de 2014

INDEPENDENCIA Y SOBERANÍA PARA AMÉRICA LATINA.



Rodrigo Santillán Peralbo Dr. Ciencias de la Comunicación. Fue Presidente del Colegio de Periodistas, de la Unión Nacional de Periodistas, Vicepresidente de la FELAP y de la OIP. Autor de varios libros como En las garras del imperio, Agresiones Made in USA, El lenguaje en el periodismo de opinión y otros. Director de la Revista Siempre, editorialista del Diario La Hora y Docente de la Universidad Central del Ecuador. 




La larga y obscura noche colonial fenecía con el amanecer de nuestros pueblos en el “Primer Grito de la Independencia” del 10 de agosto de 1809. Las sangrientas guerras independentistas en las que participaron miles de hombres y mujeres de nuestra América Indo mestiza derrotaron al imperio español, pero muy pronto fue reemplazado por el imperio inglés y luego por el imperio yanqui.

Casi no hubo tiempo para vivir plenamente con soberanía e independencia, porque las guerras de liberación nacional ni siquiera beneficiaron a los pueblos indios y mestizos, sino a sus opresores criollos predispuestos a beneficiarse del comercio ofrecido por sus nuevos amos. Al fin, la independencia fue para usufructo de las clases dominantes con vocación de ser dominadas por los centros hegemónicos imperiales.

En estos primeros años del siglo XXI, comienza un despertar de los pueblos que ya presienten, de alguna manera, que es preciso luchar por la segunda y definitiva independencia, lucha que debe darse en dos frentes: uno interno para librarse del poder de las oligarquías como estrato superior de las clases dominantes, y otro externo para derrotar al imperio y todas sus formas de dominación y neocolonización.

Ha llegado el tiempo de las transformaciones revolucionarias para conquistar el derecho a la soberanía e independencia de nuestras patrias. Para apoyar a ese irrenunciable propósito, un grupo de intelectuales, ha creado el Comité Independencia y Soberanía para América Latina.

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por las Naciones Unidas en 10 de diciembre de 1948, se advierte que “todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Si esto vale para las personas, el mismo principio podría aplicarse a los Estados, pueblos y naciones, y exigir que todos sean tratados iguales en dignidad y derechos y abolir para siempre la falsa idea de que un Estado es superior a otro.

Ya se ha dicho que “la Independencia y Soberanía de una Nación es equivalente a la libertad personal”. De ser así, se podría afirmar que no debería haber una sola persona sin libertad, sin decoro, sin dignidad, como no podría existir un Estado sin personalidad jurídica; es decir sin independencia y soberanía o con ellas retaceadas o mediatizadas por un poder extraño.

Octavio Díaz expresaba que “La soberanía, es el poder o autoridad que posee una persona o un grupo de personas con derecho a tomar decisiones y a resolver conflictos en el seno de una jerarquía política. El hecho de poder tomar estas decisiones implica independencia de los poderes externos y autoridad máxima sobre los grupos internos.

La concepción de soberanía, se define en torno al poder y se comprende como aquella facultad que posee cada Estado de ejercer el poder organizativo e independencia de acción sobre su sistema de gobierno, su territorio y su población. Se puede ver desde dos ámbitos diferentes, uno interno y otro externo. En su modo interno, la soberanía hace alusión al poder definido anteriormente, el que se relaciona con el poder de un determinado Estado sobre su territorio y su población. El carácter externo hace referencia a la independencia que tiene un Estado del poder que ejerce otro, en un territorio y población diferentes, en otras palabras, un Estado en particular es soberano mientras no dependa de otro Estado.

Por otra parte, la soberanía se puede comprender desde dos perspectivas, una jurídica y una política. La soberanía jurídica a través de la cual un Estado puede tomar contacto con el mundo, con lo internacional, a través de su participación en diferentes organizaciones internacionales, tratados, pactos y compromisos diplomáticos, entre otros. La soberanía política alude al poder del Estado de imponer todo aquello que le parezca necesario. Aunque se piense que cada Estado ejerce su soberanía jurídica y política, no es así en todas las naciones. Existen casos en los que el Estado puede tener la soberanía jurídica, sin embargo, su soberanía política depende de los dictámenes de otras naciones en cuanto a su desarrollo social, político y económico.

Para Ernesto Che Guevara (1960). “La soberanía política y la independencia económica son dos términos que tienen una estrechísima unión y necesariamente deben ir juntos... afirma que la soberanía política es un término que no hay que buscarlo en definiciones formales sino que hay que ahondar un poquito más, hay que buscarle sus raíces […] la soberanía nacional significa, primero, el derecho que tiene un país a que nadie se inmiscuya en su vida, el derecho que tiene un pueblo a dar el gobierno y el modo de vida que mejor le convenga, eso depende de su voluntad y solamente ese pueblo es el que puede determinar si un gobierno cambia o no. Pero todos estos conceptos de soberanía política, de soberanía nacional, son ficticios si al lado de ellos no está la independencia económica […] la soberanía política y la independencia económica van unidas. Si no hay economía propia, si se está penetrado por un capital extranjero, no se puede estar libre de la tutela del país del cual se depende, ni mucho menos se puede hacer la voluntad de ese país si choca con los grandes intereses de aquel otro que la domina económicamente […] El poder revolucionario o la soberanía política es el instrumento para la conquista económica y para hacer realidad en toda su extensión la soberanía nacional.

Tanto el Comité Independencia y Soberanía para América Latina –CISPAL- como la Revista Siempre desean contribuir a la toma de conciencia y formación ideológica de nuestros pueblos, porque sin teoría revolucionaria no hay revolución; muy equivalente a sin ideología revolucionaria no hay revolución. Sin una sólida formación ideológica-revolucionaria, fácilmente se decae en populismos de la peor especie que terminan siendo contrarrevolucionarios y, por tanto, retardatarios de los verdaderos procesos revolucionarios.

Es preciso contribuir a la formación ideológica-política de los pueblos y, en especial de las juventudes. Indispensable es liberarse del tutelaje del conocimiento extranjero, de la dependencia tecnológica y crear las condiciones para forjar nuevas revoluciones científico-técnicas que contribuyan al desarrollo social, económico, político y cultural de los pueblos, de acuerdo a las realidades particulares y necesidades sentidas e insatisfechas. En otras palabras se debe luchar para alcanzar la soberanía cognitiva que permita alcanzar una nueva cultura política, soberanía de tanta p mayor importancia que la soberanía alimentaria o la defensa soberana del patrimonio genético y uso soberano de los recursos naturales.


“Las concepciones de soberanía pueden definirse también como: los ideales heredados de personajes de la historia sobre la autonomía y la autodeterminación de los pueblos, ideas que reafirman en los ciudadanos la necesidad de defender las riquezas culturales y naturales de la patria, así como, su identidad como venezolana, latinoamericana y caribeña. Los ideales heredados de nuestros pensadores libertarios forman parte de las concepciones de emancipación y soberanía…”

Paulatinamente se avanza en la recuperación de la soberanía e independencia con la consolidación de la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América- Tratado de Comercio de los Pueblos- ALBA.

"Los principios del Alba son fundamentales para trazar el camino que estamos recorriendo. Todas las metas y programas de trabajo que en el campo económico, energético, financiero, educativo, cultural, alimentario y en todas las dimensiones de trabajo que nos estamos planteando tienen un objetivo central que es construir la independencia y la soberanía de nuestros países y de nuestros pueblos", advertía el canciller venezolano Nicolás Maduro y añadía que el colonialismo que invadió Suramérica hace más de 500 años destruyó la región y rompió las bases culturales de los pueblos, bases que mediante la Alianza Bolivariana comienzan a erigirse…

Expresión soberana de nuestros pueblos es la UNASUR que avanza hacia su fortalecimiento a pesar de las amenazas directas, latentes e indirectas del imperio. Sin duda, estamos en tiempos nuevos de reivindicación con los renacidos ideales de nuestros libertadores que aspiraban a construir una nación poderosa forjada en la unión de pueblos y naciones desde el río Bravo hasta la Tierra del Fuego.

Maduro sostuvo que el proceso revolucionario que se experimenta en Suramérica permitirá apuntalar la independencia y de esta manera consolidar una zona de paz en la región, ante la amenaza imperial de los países que desean apoderarse de los recursos naturales de países soberanos. “Estamos construyendo procesos revolucionarios para consolidar y construir la verdadera independencia, pero también para consolidar una inmensa zona de paz en Suramérica. Que Suramérica sea una inmensa zona de paz, de vida, de construcción y de felicidad para nuestros pueblos”.

Tanto el Alba como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) permitirán acelerar los procesos de integración y para ese fin es una necesidad inaplazable, la expulsión de todo tipo de bases militares extranjeras en nuestra América Latina y el Caribe.

Para analizar los significados de la independencia, soberanía y los problemas provenientes de los intervencionismos imperiales que se desatan desde las embajadas y bases militares yanquis, se desarrolló un importante Foro Nacional denominado Paz, Soberanía y Bases Militares, organizado por la Escuela de Trabajo Social de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central del Ecuador, por el Comité Independencia y Soberanía para América Latina y por la Revista Siempre.

Los expositores fueron destacados intelectuales, profesores universitarios y políticos que a los largo de sus valiosas vidas han sido ejemplo de compromiso con las luchas sociales, decisión y coraje antiimperialista. Jaime Galarza Zavala, Diego Delgado Jara, Hernán Rivadeneira Játiva y Germán Rodas Chávez, con enorme solvencia y sobra de conocimientos se refirieron a la temática planteada. El Foro fue dirigido por Eduardo Zurita Gil, Presidente del Comité Independencia y Soberanía para América Latina.

lunes, 20 de enero de 2014

Las guerras de independencia hispanoamericanas 
fueron una serie de conflictos armados que se desarrollaron en las posesiones españolas en América a principios del siglo XIX, en los cuales se enfrentaron grupos independentistas contra autoridades virreinales y los fieles a la Corona española. Dependiendo el punto de vista desde el cual se aborden, estos procesos emancipatorios pueden verse como guerras de independencia o guerras civiles, o bien, una combinación de diversas formas de guerras.6
Los movimientos independentistas de América Hispánica adquirieron formas variadas de acuerdo con las condiciones que imperaban en cada región. Por ello «es esencial que, al principio, no reduzcamos movimientos diferentes a un denominador común. Grupos diferentes actuaron en etapas diferentes: la élite caraqueña tomó la iniciativa de separarse de la monarquía española en 1810 pero la élite de la capital novohispana se dividió en 1808 acerca de la cuestión de la autonomía dentro del imperio, se opuso a la revolución de Independencia en 1810 y no actuó como grupo homogéneo en 1821 cuando se integró en el movimiento de Iturbide».7
La crisis política en España y la ocupación de su territorio por parte de Francia en 1808 constituyen dos hechos que incentivaron el independentismo en Hispanoamérica. Como respuesta a la entronización de José Bonaparte en España, entre 1808 y 1810 se instalaron juntas de gobierno que ejercieron la soberanía ante la ocupación francesa, tanto en la península como en las posesiones de ultramar. Las diferencias entre España y las colonias se fueron agudizando después de esa crisis, lo que finalmente desencadenó los movimientos armados independentistas hispanoamericanos. La lucha armada entre los americanos y los ejércitos coloniales inició alrededor del 1810 en la mayoría de los dominios españoles. La independencia de las nuevas naciones se consolida en la década de 1820. Después de perder El Callao en enero de 1826, los únicos territorios dominados por los españoles en América eran Cuba y Puerto Rico.
Después del asedio final en El Callao no hubo otra operación militar en suelo continental desde España sobre las antiguas colonias hasta 1829, cuando la expedición de Isidro Barradas llegó a Tampico y fue derrotada por el Ejército Mexicano. Sin embargo los gobiernos independientes enfrentaron las guerrillas realistas, por ejemplo en 1823-1827 en (Venezuela); entre 1827 y 1830 en Pasto (Colombia); en el sur de Chile, apoyados por mapuches y pehuenches, hasta 1832; y la guerrilla de Iquicha en Perú, hasta la década de 1830.
Estados Unidos, el Reino Unido y Francia establecieron relaciones comerciales con los nuevos gobiernos americanos y posteriormente reconocieron la soberanía de los nuevos estados a lo largo de la década de 1820. Sin embargo España sólo abandonó los planes de reconquista después de la muerte de Fernando VII, ocurrida en 1833. Las Cortes españolas renunciaron a los dominios americanos en 1836 y autorizaron al gobierno para que pueda realizar tratados de paz y reconocimiento con todos los nuevos estados de la América española.
La Guerra de la Independencia Española fue el detonante de la independencia americana y dio lugar en España a un largo período de inestabilidad en la monarquía durante reinado de Fernando VII. La eliminación de la dinastía de los Borbones del trono español por parte de Napoleón desató una crisis política en todo el imperio. Aunque el mundo hispano de manera casi uniforme rechazó el plan de Napoleón para dar la corona a su hermano, José, no concebía una solución clara a la ausencia de un rey legítimo. A raíz de las teorías tradicionales de política española en la naturaleza contractual de la monarquía (ver Filosofía del Derecho de Francisco Suárez), las provincias peninsulares respondieron a la crisis mediante el establecimiento de juntas autónomas. La medida, sin embargo, condujo a una mayor confusión, ya que no había una autoridad central y la mayoría de las juntas no reconocieron la pretensión de unas pocas juntas en la península de ser la representación de toda la monarquía en su conjunto. La Junta de Sevilla, en particular, pretendía extender su autoridad sobre el imperio de ultramar, debido al papel histórico de la provincia en el monopolio del comercio exclusivo con América.
Estas pretensiones fueron resueltas a través de negociaciones entre las juntas y el Consejo de Castilla, lo que condujo a la creación de una Junta Suprema y Central de Gobierno de España y de Indias, el 25 de septiembre de 1808. Se convino en que los reinos tradicionales de la península enviarían dos representantes a esta Junta Central, y que los reinos de ultramar podrían enviar un representante cada uno. Estos "reinos" se definen como los virreinatos de: Nueva España, Perú, Nueva Granada y Buenos Aires, y las capitanías generales independientes de: la isla de Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Chile, Venezuela, y las Filipinas.
Este plan fue criticado por ofrecer una representación desigual y escasa de los territorios de ultramar, sin embargo, a fines de 1808 y comienzos de 1809, las capitales provinciales eligieron los candidatos, cuyos nombres fueron enviados a las capitales de los virreinatos o capitanías generales. Varias grandes ciudades importantes se quedaron sin ninguna representación directa en la Junta Suprema. En particular Quito y Chuquisaca (La Plata o Sucre), que se veían a si mismas como capitales de sus provincias, se resintieron de ser subsumidas dentro de los más grandes "Vice-reinos". Esta inquietud llevó a la creación de juntas en estas ciudades en 1809, que finalmente fueron reprimidas con violencia por las autoridades durante el curso del año. Un intento fallido de establecer una junta en la Nueva España fue detenido también. Con el fin de establecer un gobierno con mayor legitimidad, la Junta Suprema pidió la celebración de un "Cortes extraordinarias y generales de la nación española". El esquema de las elecciones para las Cortes, ahora sobre la base de provincias (diputaciones provinciales) y no de los reinos, era más equitativo y proporcionado, pero no colmaba las expectativas americanas, a la espera de re-definir lo que se consideran las Provincias españolas de América basadas en las antiguas intendencias de ultramar.
La disolución de la Junta Suprema el 29 de enero de 1810, debido a los reveses sufridos por las fuerzas españolas frente a Napoleón, desencadenó una nueva ola de juntas en América. La ocupación francesa en el sur de España obligó a la Junta Suprema a buscar refugio en la isla-ciudad de Cádiz. La Junta, desacreditada, se sustituye por una más pequeña, de cinco personas del consejo, llamado Consejo de Regencia de España e Indias. La mayoría de los americanos no veía razón para reconocer un gobierno provisional que estaba bajo la amenaza de ser capturado por los franceses en cualquier momento, y comenzó a trabajar para la creación de juntas locales americanas para preservar la independencia de la región de los franceses. Los movimientos junteros tuvieron éxito en la Nueva Granada (Colombia), Venezuela, Chile y Río de la Plata (Argentina). Sin éxito en América Central. En última instancia, América Central, junto con la mayoría de la Nueva España, Quito (Ecuador), Perú, Charcas (Bolivia), el Caribe y las Islas Filipinas se mantuvieron bajo control de los realistas durante la siguiente década y participaron en el esfuerzo español para establecer un gobierno liberal representado por las Cortes de la monarquía española.
PRIMEROS PRONUNCIAMIENTOS EN AMÉRICA
Las ideas ilustradas en América 
En el llamado “Siglo de las Luces” se insertan la quiebra del Antiguo Régimen y el fin de la hegemonía hispana con las independencias americanas, el desarrollo de la Revolución Francesa, la construcción del estado republicano en la Francia napoleónica y la incorporación de los Estados Unidos a la política internacional. Fue un tiempo marcado por las guerras, en el que Europa, y con ella, el conjunto de territorios coloniales vivía en un tenso equilibrio. 
En este escenario político y bélico surgió un pensamiento que defendía, desde la crítica universal, el triunfo de la razón, el imperio del conocimiento, la renovación de las artes y las letras, el optimismo filosófico y el valor de las leyes como ordenadores racionales de la vida de los individuos. 
Estas eran las ideas de la ilustración y del enciclopedismo, las mismas que, junto con los postulados de libertad política y económica de la burguesía, cruzaron el océano Atlántico y llegaron a las colonias en América. Allí surgieron notables científicos y humanistas que, a partir de la razón y la observación de la naturaleza, llevaron a cabo estudios acerca de diversas ciencias. A la par, en diversos lugares de América se crearon sociedades científicas y literarias que compartían los planteamientos de la ilustración. Este hecho fue importante para comprender la independencia de Hispanoamérica. 
LAS CAUSAS INTERNAS DE LA INDEPENDENCIA
Desde mediados del siglo XVII se operó una profunda transformación de la cultura, la ideología y el espíritu de las colonias de América, pues éstas habían adquirido un gran peso sobre la monarquía española, debió a su inmenso territorio, sus formidables recursos y su capacidad de demanda y adquirir productos europeos, convirtiéndose en un mercado absolutamente necesario para el desarrollo económico, comercial e industrial de los países de Europa. 
La situación de conflicto provocando por la serie de reformas...